Lo malo, es malo

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No sé que sabio griego decía que todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa.

Yo soy menos pesimista, no creo que todo esté perdido, porque si no, no tendría sentido seguir aquí.

Pero sí creo que, cuando los malos y lo malo se impone como norma, como sucede en estos tiempos.

Hay que defender con más coraje que nunca la bondad, la calidad, la verdad, la autenticidad, el trabajo bien hecho…

No dejen que los convenzan de que lo malo es bueno.

Lo malo es malo, aunque 100 mil espectadores lo bendigan.

Y los malos son y serán siempre un mal ejemplo, aunque los mimen los medios, aunque sean guapos, ricos y famosos, aunque tengan todo el poder del mundo.

No dejen que los confundan.

Mientras nosotros lo tengamos claro, no todo estará perdido, hermanos.

Lo malo es malo, aunque tenga 100 mil seguidores.

Los caminos de la vida están sembrados de belleza… y de trampas.

¡Huyan de la trampa!

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Señales de humo: mi derecho a toser

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A poco más de cinco años de entrar en vigencia la Ley N° 9.028, conocida como ley antitabaco, aún no me doy por satisfecho con la totalidad de los alcances de la legislación.

¿Prohibir la actividad en áreas al aire libre y no poder contar con zonas divididas de fumado y no fumado?

Me parece terrible.

Pero no hay de otra, me toca cumplir. Ahora bien, ¿respeta la Ley N° 9.028 de forma adecuada la libertad de fumar? Tengo serias dudas.

Para responder a esta pregunta debemos remontarnos a los principios básicos que fundamentan nuestro Estado de derecho.

Empecemos por el primero: los seres humanos somos libres e iguales. Libertad quiere decir que cada individuo es dueño de pensar y actuar según su propio criterio; igualdad quiere decir que todos tenemos el mismo grado de libertad. ¿De acuerdo? Si es así, prosigamos.

Al convivir con otros seres humanos, el ejercicio ilimitado de nuestra libertad puede impedir el ejercicio de la libertad de los demás. Por tanto, ahí está el segundo principio: sólo en función de la garantía de la libertad de los demás puede ser restringida nuestra libertad.

Para determinar la libertad de unos y otros, así como también para asegurar su ejercicio, se inventaron el derecho (es decir, las leyes que delimitan la libertad de cada uno, iguales para todos, no lo olvidemos) y el Estado (el instrumento que garantiza que el derecho se cumpla). Me refiero, naturalmente, a que se inventó el Estado democrático de derecho.

Sentados estos principios básicos, vayamos a la ley antitabaco, en concreto a la prohibición de fumar en espacios cerrados abiertos al público. Las razones que se suelen aducir para justificar esta prohibición son de tres tipos.

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En primer lugar, algunos consideran justificada la ley porque protege la salud de las personas. Creo que esta no es una buena razón. El derecho a la salud no está fundado en la libertad, sino en la igualdad: se garantiza que mediante un buen sistema sanitario público tendrán igual derecho a la salud los ricos y los pobres, ya que la salud es un bien que protege de forma igualitaria a todos independendientemente de la posición económica de cada uno.

No está prohibido ir en moto, o en automóvil, o escalar montañas o bucear, aunque todas estas actividades tengan riesgos para la salud. Pero como somos libres, decidimos autónomamente asumir estos riesgos. Igual sucede con los fumadores, que también decidimos libremente asumir el riesgo de fumar.

El segundo argumento es de tipo económico: el tabaco deteriora la salud y produce enfermedades, lo cual comporta un enorme gasto para las instituciones sanitarias públicas que están sufragadas por todos, fumadores y no fumadores. Es injusto, se dice, que estos últimos contribuyan a financiar algo que no han causado. Tampoco este parece un argumento válido.

Primero, porque ello se puede argüir de muchos otros gastos públicos (“yo nunca voy a los museos; así pues, tengo derecho a no contribuir a su mantenimiento”).

Segundo, porque al comprar tabaco una parte de su precio va a parar a la hacienda pública al estar gravado con impuestos y, al parecer, aunque es difícil el cálculo, el importe de estos impuestos es superior a los gastos que comportan las enfermedades provocadas por el tabaco.

Y una razón algo macabra: si los fumadores morimos antes, todo esto se lo ahorra el sistema de la Caja Costarricense del Seguro Social.

El tercer argumento a favor de la ley ya parece más plausible: su finalidad es proteger a los fumadores pasivos, aquellos que no fuman pero aspiran humo contaminado de tabaco. Se trataría, así, de un límite a nuestra libertad para respetar los derechos del otro.

Sin embargo, no hay pruebas concluyentes sobre el alcance del daño que produce el humo del tabaco disuelto en el aire. Parece que para provocar un efecto comparable al que puede sufrir un fumador activo, el pasivo debería vivir muchos años durante todo el día en una atmósfera extraordinariamente viciada, lo cual no justifica las medidas prohibicionistas que adopta la ley.

Pero acojamos este argumento aunque sea inseguro y partamos de la dudosa premisa según la cual nadie está obligado a aspirar humo de tabaco.

Podría ser aceptable, entonces, que en los establecimientos públicos se prohibiera fumar porque así lo ha decidido su dueño, sea el Estado o la Municipalidad. Quizás también ello sería aplicable en los centros de trabajo privados a los efectos de proteger a los clientes no fumadores.

Ahora bien, una prohibición general en los establecimientos privados de ocio, bares y restaurantes, contra la voluntad de su dueño, no parece tener justificación, ni siquiera como protección del trabajador, ya que nadie tiene derecho a trabajar en un establecimiento determinado y mucho menos el derecho a entrar en cualquier bar o restaurante.

Por tanto, mi objeción a la ley se funda en el principio de libertad, base de nuestros estados democráticos. Considero contrario a esta libertad que la prohibición sea general, porque me parece una medida arbitraria (sin fundamento lógico) y desproporcionada (inadecuada para los fines que se pretenden). No entiendo que esté prohibido fumar en todos los bares y restaurantes dado que existe el derecho a fumar.

Lo que nos “hace hombres”

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Dicen que los hombres somos poco sensibles, despreocupados, que no nos gusta hacer contacto con nuestras emociones porque eso es territorio exclusivo del lado femenino.

Desde pequeños nos enseñan a disimular, a callarnos, a comportarnos como el otro cree que debemos comportarnos y a mantener esas apariencias.

Luego de años y años de entrenamiento nos convertimos en machos, en varones, en verdaderos cabrones; maestros en el arte de sacar falsa casta y guardar verdaderos complejos.

También nos dicen que, a diferencia de un niño, un hombre es capaz de tomar las riendas de su vida y cobijar bajo su ala protectora a los suyos; aprendemos que somos los hombres quienes aparentemente tomamos las decisiones.

Nosotros tenemos el valor y lideramos con fortaleza. Y no se trata solamente de una apariencia o de cierta actitud, de nuestro don de mando y fuerza física…

No.

Ser hombres es preocuparnos por los demás pero sin perder los estribos o dejarnos llevar por el miedo.

Somos prácticos y sabemos resolver las cosas. Al fin y al cabo, ser prácticos es la mejor forma de darle importancia a la realidad y despreocuparnos por todo eso que no nos concierne, como la sensibilidad y los sentimientos.

Nos sabemos tan hábiles que somos capaces de sacar un clavo con otro clavo y jamás poner en evidencia inseguridad alguna, porque tenemos las armas para enfrentarnos a la vida como embusteros: con una cara por fuera y las verdades por dentro.

Porque ojos que no ven, corazón que no siente; y primero muertos, antes que mostrar debilidades turbias.

Por eso los caballeros nos trasladamos por la vida en el camino de la negación: donde hay silencios eternos y no pasa nada, donde el abismo bajo nuestros pies es únicamente un pequeño bache más por tapar.

Si nos caemos, con la frente en alto nos levantamos y seguimos la marcha, aunque no sepamos hacia dónde vamos. Y si tenemos un problema, a golpes nos arreglamos.

Hacemos las cosas sin miedo y sin lamentos; imponemos nuestro control antes de que nos controlen. Porque aprendimos a ser más fuertes, a dar las órdenes y repetirnos sin arrepentirnos, a ser quienes no se quejan, los que nunca lloran.

Porque lloran los niños, lloran las mujeres y llora el cielo. ¿Pero un hombre?

No.

Los hombres no lloramos ni aunque las heridas vuelvan a abrirse una y otra vez. Cada lágrima suprimida protege nuestros dolores más profundos y nuestros secretos más oscuros.

Hasta que llega el día en que la vida es más fuerte que el más macho y es entonces que las apariencias revientan, dejándonos completamente desnudos e indefensos ante verdades que no sabemos ni podemos enfrentar.

Cuando esas apariencias que nos encubrían ya no engañan a nadie nos damos cuenta finalmente que la famosa fortaleza no la impone quien grita más o más golpea, sino quienes saben imponerse transformando sus propias debilidades en sentimientos reales y vital empatía.

Nos damos cuenta, ahora sí, que aprendimos muy bien lo que nos enseñaron tan mal.

Acabamos con una rodilla en el suelo, débiles y expuestos; con ganas de llorar.

Si los hombres lloráramos a moco batiente y fuéramos valientes, si aceptáramos el dolor que traemos por dentro y y demostráramos lo que realmente vivimos quizás nos llevaríamos la sorpresa de que finalmente aprenderíamos a ser verdaderos hombres, a ser realmente humanos.

Descubriríamos, entonces, lo que muy en el fondo siempre supimos: en ningún momento -desde que éramos esos niños- los hombres hemos dejado de sentir, que nos equivocamos, que tenemos vulnerabilidades.

Abriríamos los ojos para finalmente ver y descubrir cómo nuestra ceguera sólo nos metió en el laberinto de una sociedad que nos prohibió ser más frágiles que todas las lágrimas que contuvimos.

Nos preguntaríamos en qué momento de nuestras vidas decidimos que el llanto nos haría menos hombres. Pensaríamos en quién demonios pensó que la valentía, el coraje y la fuerza eran cualidades propias y exclusivas de los hombres…

Y encontraríamos la respuesta.

Quizás a la misma sociedad que tampoco conoce a la mujer. Ni la deja ser.

La sociedad que se rige por basuras que creen que la fuerza física es razón suficiente para someter la dignidad, el cuerpo y la inocencia del más debil, para ejercer entonces un patético espejismo de poder.

Sí.

Entonces aprenderíamos lo que realmente nos hace hombres: cualquier cosa, menos ser los más fuertes. Y eso, para mí es verdadero PODER.