Creciendo ambiguo…

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Soy un hombre bisexual; una orientación que pocos comprenden y no viene al caso explicarles ahora, excepto para agregar que para efectos de la mayoría de heterosexuales y personas gay soy un homosexual reprimido, una aberración, un engañado, etc.

Es duro no tomar el esceptisismo como un insulto. Supongo que tampoco me preocupa si lo que otros asuman es o no es exactamente preciso.

Pero esto no se trata sobre con quién yo me acuesto (orientación sexual). Se trata de cómo yo me levanto (identidad de género)…

Como “hombre no heterosexual“, la exposición nunca había sido mi fuerte. Ni de niño o adolescente. Nunca me sentía cómodo.

Muchas personas en la comunidad LGBTIQ somos, hemos sido, o quizás siempre seremos, maestros ilusionistas. Por un lado tenemos esta necesidad de ser. Pero pocos de nosotros queremos desmantelar las capas y revelar el interior sangriento que muchas veces palpita debajo…

Sin embargo aquí les voy, así que déjenme quitarme la máscara…

Yo no soy transgénero. No de la manera en que se entiende actualmente de todos modos. No de alguna manera que yo mismo entiendo completamente.

Nunca me he identificado como transgénero. ¿Y por qué lo haría?

Estos días llevo mi uniforme de hombre modestamente bien. Pero estoy seguro de que no sería exactamente el único si admito que este no fue siempre el caso.

Cuando era niño, me parecía mucho a una niña. Por dentro, para ser exacto. Este hecho, que mi sociedad gobernada por una rama agresiva del catolicismo me recordaba constantemente que era una total aberración, me impidió jamás discutirlo con una sola persona.

Reconozco que de niño tenía ciertos rasgos femeninos y elfos que invitaban a un bombardeo diario de ridículo y desprecio:

  •  Nunca me gustaron los deportes de equipo.
  • Quería jugar con muñecas.

Y aunque siempre no creyente, la vergüenza me seguía a todas partes, sobre todo cuando me detenía frente al espejo, miraba mi reflejo y me despreciaba.

A los doce años ya no quería ir al colegio. A los trece años estaba totalmente confinado en mi casa, diagnosticado como un “maniaco depresivo”. Y a diferencia de mis hermanos y hermanas trans, no: nunca conocí realmente el dolor de una desidentificación completa con mi cuerpo biológico.

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Pero sí sé lo que es descubrir a una edad muy temprana ser irreconciliablemente diferente a otros niños, aunque podía pasar por normal. Casi.

Y he sido meticuloso en la construcción de una identidad adulta que ahora sirve para proteger a esa criatura vulnerable que nunca fue varón y tampoco hembra…

Sí puedo decir que sé muy bien lo que es sentirse indigno de existencia.

Y aunque no pretendo saber todo sobre la identidad de género, los pormenores de su biología y sus diversos componentes espirituales y ambientales, sí sé lo que es contemplar dos décadas más tarde que el trauma de esos primeros años aún no ha perdido su aguijón.

Y todavía hay momentos en que un terror se apodera de mí como un golpe de tripa helado, deteniéndome en seco, forzando el aire a salir de mis pulmones.

No soy como los demás, no estoy seguro, por favor que nadie se dé cuenta“.

Extrañamente, las cosas comenzaron a cambiar cuando tenía unos dieciséis años. Casi de la noche a la mañana pareció que mi cuerpo experimentó rápidas transformaciones que cambiarían toda mi experiencia de vida.

De repente, la gente me miraba de manera diferente. Las chicas se interesaron. Dos o tres, máximo…

Empecé a ser invitado a fiestas. Sentía por parte de mi familia una especie de aprobación y alivio. Y no los culpo.

¿Qué padre de esa generación estaba equipado para albergar a un niño sin género y sin nacionalidad?

Consecuentemente, las últimas etapas de mi pubertad parecían haber asegurado mi supervivencia. Ya no estaba destinado a ser marginado, ni sentirme no deseado.

Ya no servía como un incómodo recordatorio para mi sociedad sobre el caos y la ambigüedad que subyace a todas las cosas. Un caos que nunca tendrían el valor de enfrentar. Ahora, no solo era abiertamente masculino, ¡también era guapo! Bueno… “guapillo“, a lo sumo.

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Y allí quedó, justo debajo de la superficie, esa garra nudosa y viscosa que se levantó de mis intestinos y jugó con mis entrañas por años.

Al igual que innumerables hombres de una composición similar, aprendí rápidamente qué características obtendrían la mayor aprobación.

Y, de hecho, como vastos números de esos mismos hombres, comencé a cultivar una pseudo-masculinidad física como un medio para la supervivencia.

La obtuve, finalmente, sin saber si fue gracias a la vergüenza o a la naturaleza.

Y cómo me duele profundamente ver que en una “tierra de libres” se sigan cometiendo los mismos errores: miles de cuerpos prisioneros que no logran de forma orgánica explorar su identidad.