De autoridad y autoritarismo

Las organizaciones empresariales, gubernamentales, incluso las familias necesitan un liderazgo; las que tienen un buen líder crecen, se apoyan y avanzan.

En cuanto al líder, no es lo mismo tener poder que autoridad, el que tiene poder y carece de seguridad en sí mismo, controla, no permite que los integrantes del grupo avancen, utiliza la fuerza más que la autoridad, castiga, amenaza, crea miedo, teme perder el poder, ser derrotado.

El que tiene autoridad ayuda al crecimiento del grupo, confía en la capacidad de los demás, toma decisiones en consenso sin recurrir a la fuerza.

La autoridad es un fenómeno social, el que la ejerce, tiene que ganarse el respeto de los demás: padres, maestros, jefes, funcionarios en el gobierno.

La autoridad salva a la sociedad, pero también puede destruirla.

Hasta el hombre más equilibrado corre el riesgo de perder el sentido de la realidad a causa del poder que le da la autoridad.

La autoridad política no es natural como la doméstica. Un pueblo puede vivir oprimido por el autoritarismo, la dictadura y no le queda de otra que tolerarla, como ha sucedido en varios países.

El autoritarismo es la falsa energía del débil, el verdadero líder no necesita oprimir, ser tirano, ni causar miedo.

En estos tiempos el líder político se ha empobrecido, ha perdido la confianza de los ciudadanos; la corrupción, la mentira, los dobles mensajes, el abuso de poder amplificado por la inmediatez de las redes sociales, hasta son temas de burla.

En el mundo globalizado necesitamos principios políticos más o menos compartidos.

El paisaje mundial presenta grandes retos, la convivencia entre los países poderosos y los emergentes como Costa Rica, que luchan por el libre mercado, encuentra obstáculos.

Hay líderes autoritarios, enfermos de poder, que obstaculizan los acuerdos, como el Presidente Trump, quien, en su ignorancia, utiliza el poder en vez de inspirar respeto, emplea la violencia verbal, abusa de su autoridad para proteger a los ricos y poderosos.

En nuestro país con una frágil democracia, la existencia de partidos políticos y de elecciones no es suficiente para definir una democracia.

El principio democrático fluctúa entre el autoritarismo y la permisividad hasta querer regentearlo todo, el problema es que no hay hombres de Estado que tengan las cualidades de un líder democrático.

En las campañas vemos candidatos con ambición de poder, hombres que han sido elegidos por intereses de su partido, seguidores que apoyan esperando que luego les abran las puertas de los negocios.

Algunos anuncian que “ya saben quién” será el mecías que viene a salvarnos.

Discursos, viejas fórmulas sin presentar estrategias para devolvernos la paz y la confianza que nos han robado, metas a corto plazo para combatir la violencia que genera el negocio del narcotráfico tan empoderado en la oferta y la demanda.

Los candidatos, discuten, se descalifican, mientras el pueblo sigue esperando entre deseos irrazonables, desilusión y desesperanza.

Las redes sociales saturan de información falsa.

Avanzan nuevas dictaduras a la norteamericana, a la venezolana, y la mexicana. Una dictadura perfecta dijo el Premio Nobel Vargas Llosa, pero, en estos tiempos, la dictadura se convirtió en permisividad.

Vivimos cambios que no necesariamente representan progresos, sufrimos la decadencia de la gallina de los huevos de oro, el petróleo, que, según prometieron, iba a salvar al pueblo de la pobreza, y que está en decadencia de tanto saqueo.

No perdamos la esperanza, tenemos otros recursos naturales y sociales, ingenio y sensibilidad.